viernes, 30 de junio de 2023

Cosquillas en tu oído . Un puente hacia la poesía. (Relato de una experiencia con Libros en el Barrio)

 La siguiente ponencia fue presentada el 20 de Noviembre de 2022 en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti en ocasión del Encuentro de Poesía y Crítica Otra vez Trilce.

Lo comparto con el agregado de las fotos. 

Cosquillas en tu oído, un puente hacia la poesía. Pato Pereyra



 

No sé qué hacer

con estos versos.

Quizás

ponerlos aqui

para que cada cual

se sirve

por su propia mano.

                                                                                                                      “A mano” de Laura Devetach

 

Me defino como mediadora de lectura y esto es lo que hago.

Dejar algunos versos al descubierto para que cada cual se sirva de su propia mano.

En 2020 me uní a un proyecto que nació en pandemia llamado Libros en el Barrio . Una iniciativa que surgió cuando la vida se puso en suspenso como una manera de seguir andando.

En marzo de ese año Mariel Pujol, comenzó a repartir libros en el Barrio Mitre, un espacio de seis manzanas ubicadas a las espaldas del DOT, en Saavedra, CABA; un barrio habitado por vecinos y vecinas con dificultades socioeconómicas, en dónde las infancias atraviesan diversas carencias.

Los libros, obtenidos por donaciones se repartían casa por casa, semanalmente primero y luego una vez al mes. Un tiempo después nos sumamos junto a Julieta Penedo con la intención de trabajar por las infancias y juventudes del barrio.

Es así que con un carrito que nos prestaba alguno de los vecinos, comenzamos a recorrer el barrio y entregamos al menos 300 libros.

Había estado coordinando Picnic de palabras Florida en la plaza de mi barrio durante cinco años (una iniciativa que nació en Bogotá y que llegó a Argentina para promover la lectura en plazas y parques), y tenía la experiencia para colaborar con este proyecto de promoción de la lectura.

Al sumarme lo primero en que pensé fue que no bastaba con los libros. Las escuelas estaban cerradas y el aprendizaje dependía de la conectividad y de las pantallas, algo que las familias del barrio no tenían a su alcance.

Al recorrer las calles y conocer a los niños y niñas, notamos que la mayoría aún no leía alfabéticamente. Los más pequeños apenas hablaban o tropezaban con las palabras.

No bastaba entonces con darles los libros, había que abrirlos para ellos y ellas, acompañar esa lectura, dado que quizás no tuvieran la posibilidad de leer con alguien.

Fue así que, junto con mi mochila de libros, empecé a llevar mi susurrador y algunos poemas impresos en cartoncitos de colores, escondidos en los bolsillos. Pensaba en sembrar poesía allí donde existe una necesidad, dejarla caer como al descubrir entre las baldosas rotas y los escombros.

Dice María Cristina Ramos en Diálogos entre mediadores :

“La poesía posee la vitalidad de los renuevos, puede recuperar el latido de la vida en zonas que fueron rozadas por la no vida… La frecuentación de la poesía es, además de una experiencia cercana al juego, también una oportunidad para reparar la subjetividad de quienes pueden haber sufrido, olvido, descubrimiento o abandono, soledades de lectura o ausencia de relatos...” (2017, p.72)

En ese momento todavía utilizábamos el barbijo, muchos hogares nos recibieron a puertas cerradas. Al grito de libros, libros esperabamos que los ladridos de sus perros nos hicieran de timbre. Veíamos asomarnos una o varias cabezas infantiles, les sugerimos libros y después, susurrador en mano, un poema. Al principio no sabían que era ese “tubo” (¿un catalejo para mirar? ¿un arma para erguirse espadachines?). Por suerte la infancia es un lugar que acoge la sorpresa con naturalidad. Así que se prestaban al juego, aun cuando nos desconocíamos.

 

Los susurradores: un puente a la magia de la poesía.





Todo comenzaba con un sí que habilitaba la entrega, luego las cosquillas en el oído, alguna tímida sonrisa y el poema:

Si cualquier día vemos una Foca

que junta margaritas con la boca,

que fuma y habla sola

y escribe con la cola,

llamemos al doctor la foca es loca. (María Elena Walsh , 2000, p. 17)

Después de una risa completa o una cara de sorpresa, y la voz que pidió otra vez…

Los limericks de María Elena Walsh y su poesía, nos acompañan junto a otros poetas y también rimas de la tradición oral. Llevaba los poemas impresos, y se los quedaban. Parecía que los atesoraban. Escogían algunos más para compartir con sus familias. Soñaba con que los tuvieran para volverlos a oir. A veces se corría la voz y se armaba una fila de oyentes poéticos. Hubo un cumpleaños con cumbia y regatón, en que una larga fila se formó al lado de un pelotero en un día de calor.

Leemos poesía como quien hace llover, para refrescarnos en su transparencia, para conocernos, para poner en movimiento una actitud de sensibilidad que permita vernos más hondamente .” (María Cristina Ramos, 2017, p. 73)

Hay que sembrar poemas como silencios, como pausas, como espera. Entre la música de cumbia, los retumbos y gritos, susurros en tu oído.

Compartimos autores variados: Laura Devetach, Iris Rivera, Cecilia Pisos, Edith Vera, Mar Benegas, Jorge Luján.

Dice Mirta Colángelo, iniciadora en Argentina de esta tradición de susurradores:

Pienso en los tubos de los susurradores y creo que ellos también propician una trémula metamorfosis: la luz de la voz regalando un poema al oído es generadora de placer y seguro, mitigadora de penas, aventadora de naufragios…” (Colángelo, 2015, p. .24 ) 

Estábamos tratando de sobrevivir a un naufragio, en medio de esa tempestad que nos dejó la pandemia por COVID, y qué mejor que aferrarnos a la poesía para seguir respirando. Los susurradores nos dieron en esos recorridos la distancia necesaria, la voz atravesando el barbijo, el aire del otro lado reconstruyendo unos versos.

Había quienes no querían recibir los libros que apoyamos. Por ejemplo S. que por más que le mostráramos libros de dinosaurios, de monstruos o para pintar (que eran los más pedidos), no había manera de tentarlo. Pero trepado al muro en el frente de su casa, abandonado el cuerpo, como suspendido en el aire, se aprontó a recibir poemas.

Cuando amainó esa tempestad, cuando las condiciones mejoraron y pudimos empezar a reunirnos, convocamos a las familias a encontrarnos una tarde al mes en la plaza del barrio. La plaza es un espacio enorme con juegos que contrastan en colorido y actualidad con el paisaje de las callescitas del barrio. Extendimos manteles y acomodamos libros (álbum e ilustrados) leímos con ellos y ellas, compartimos libros de poesía, pero los susurradores fueron su objeto favorito. Se los apropiaron.

 

Porque al principio la poesía era el otro, luego no.

Si les compartimos un poema como de Zoo Loco, de María Elena Walsh:

Cuando la Rana no se queda quieta

el Sapo enojadísimo la reta

La rana esta llorando

porque no sabe cuando

la dejar de pasear en bicicleta.

 

Aparecían poemas de sapos, o de ranas, que se inventaron en el momento.

 

Un poema, es palabra, imagenes y ritmo.

Hablar de poesía en la infancia es hablar del ritmo. Esos sonidos repetitivos que calman y consuelan…. Los ritmos, tan cercanos y conocidos por los niños desde el vientre materno, logran darles contacto cuerpo a cuerpo, risas, muecas y por supuesto afecto: es un abrir el mundo de los sentidos. El niño entiende la palabra en pleno vuelo dice María Baranda (2012, p. 58)

Cuando intentaban susurrarnos, conservaban un esqueleto rítmico dónde las palabras no importaban tanto. Parecían creer que ellos y ellas también podrían. Se sabían poetas.

María Emilia López en su libro Un pájaro de aire relata la experiencia poética en contextos desfavorables. Cómo la poesía fue abriéndose espacios en bibliotecas de zonas rurales de Colombia. Como ocurrió allá tan lejos, también nos ocurrió en el que ahora es también, nuestro barrio.

Al principio la poesía era una novedad, algo quizás de otro mundo. Pero después se les hizo costumbre. Era,una experiencia de mediación diferente a la que ya había tenido con Picnic de Palabras. Acá en la plaza del barrio, los niños andaban por su cuenta. Podíamos ver a una niñita de apenas tres años con su hermana de cinco, que hacían de la plaza su patio de juegos, del barrio su casa. No había adultos que acompañaran. Estaban por su propia mano. Llegaban corriendo en cuanto nos veían y se instalaban toda una tarde a acompañarnos.

Encontré estas palabras de Mar Benegas, amiga y poeta, en su blog y me las apropio para hablar de la importancia de la poesía: