lunes, 25 de junio de 2018

De la tiza al marcador para pizarra.

Acá fue donde empezó todo...(mi experiencia como docente de Secundaria)




(Empecé a escribir esta entrada hace casi un año. Es una situación que empeora día  a día, le fui agregando cosas, cambiando otras, lo fundamental está ahí. Hoy hay en Buenos Aires un alto acatamiento al paro general y esta aula estará vacía, algunos dirán que es por falta de transporte. Otros diremos que es porque estamos muy cansados de que nuestro trabajo diario se desvalorice, y que nuestros sueldos se deprecien. Es por eso que me decido a no seguir esperando, y publicarla)


Mi retorno a un aula real, con adolescentes, fue en este mismo salón vacío que luego fotografié, volvía luego de  22 años de no dar clase en la escuela secundaria.

Empecé a las 8 de la mañana de un día miércoles, con un grupo de 30 alumnos de tercer año. 

Nada me había preparado para eso...ni los  más de 20 años de docencia, ni mis conocimientos de biología, ni los posgrados, ni todo lo leido sobre educación.



Entré, me presenté, nadie me escuchó, o al menos no quisieron demostrarlo. Un tercio de los alumnos dormían apoyando la cabeza sobre el banco , más de un tercio hablaban entre ellos, o miraban absortos la pantalla del celular. El resto, quizás, me habían notado, pero no parecía interesarles. 

Hacía varias semanas que no tenían que levantarse tan temprano. No tardé en darme cuenta que me odiaban por eso, y no tenían dificultades en expresarlo.

Cuando intenté que hicieran silencio, que guardaran el celular, y que prestaran atención, una de ellas (una alumna que llegué a querer especialmente) me lanzó una frase que no tenía réplica: "porque usted está acá porque quiere, en cambio a nosotros nos obligan". Descubrí que tenía razón.

Si empezaba a escribir algo en el pizarrón, me preguntaban: "¿hay que copiar?". Esto que podía resultarme una obviedad, no lo era. Muchos no habían traído hojas o birome. Si les pedía que hicieran algo, tenía que esperar que el único o los únicos que las habían traido, repartieran. Cuando terminaban de hacerlo, se iniciaba otra ronda reclamando por los elementos de escritura

A la tercera clase empecé a llevarlas para agilizar el trámite

Estos eran los alumnos de tercer año de la mañana. Cursos, que me advirtieron otros profesores, no eran fáciles. Pero no me fue mejor con los de primero. Estaban más activos, no sé si por su juventud o porque tenían clase conmigo en las últimas horas del día. Toda la clase era un griterío, el silencio no entraba al aula, permanecía oculto y aterrorizado. detrás de la puerta.

Llevo muchos años dando clase de biología en la UBA, a los ingresantes de distintas carreras, en el CBC. El silencio tiene asistencia perfecta en esas aulas. Bastaba con que me pusiera de pie en medio del salón, para que lo tuviera a mi lado. 


Sentí que mi voz se adelgazaba. 

No era solo que hablaran, que se distrajeran con el celular (sacandose selfies, jugando, contestando mensajes... en algunos casos de los propios padres), o que no hicieran nada. Había grupos en donde la agresión estaba en el aire, bastaba una pequeña chispa para que se encendiera. La escuela no sé si es un reflejo de la sociedad, quizás es más una caja de resonancia. Lo que pasa fuera, retumba con más fuerza en el aula.

Me di cuenta que dar clase, explicar, era lo más fácil...lo más difícil es llegar a conseguir esa atención y ese silencio. Lograr esos minutos en que me sentía navegar en aguas calmas, en que todos y todas, nos sentíamos incluidos  en el mismo barco. 

Pensé en abandonar, si no lo hice fue porque no me gusta darme por vencida, y porque en algún momento sentí que lo empezábamos a disfrutar. Fue una tarea basada en la paciencia y perseverancia, apuntalada en la comunicación,y limitada con reglas claras. 

Hubo dos factores que me jugaron a favor: una buena provisión de caramelos,  y las lecturas.

Para despertarlos, para hacerlos callar, para que me prestaran atención siempre tenía un cuento. Cuando hacían la tarea, cuando cumplían un desafío, tenían un caramelo. Cuando no lograba motivarlos con nada, eso funcionó.

Es cierto que mi situación era especial, había empezado como la reemplazante, transcurrida la mitad del año. Ellos eran locales, conocían las reglas y me las querían enseñar. Aprendí a escuchar. A los docentes con experiencia que me prestaron su apoyo y sus consejos. Pero fundamentalmente, a mis propios alumnos..

Recuerdo una clase en que me daba vuelta y alguien silbaba, "Ignorelós, profe, no les haga caso". ¡Claro, esa fue la solución!. ¡Cómo no se me había ocurrido!
  
En esa primera experiencia, con 36 horas, arrancaba antes de las 7 de la mañana, al menos 4 días a la semana, y terminaba volviendo a mi casa de noche. Tenía otros trabajos, y en el medio preparaba el material, buscaba bibliografía, pensaba nuevas actividades, elaboraba pruebas, trabajos, y los corregía. Los fines de semana, o en horas de la noche, seguía comunicándome con ellos a través del aula virtual, una tarea más.

La mayoría trabaja más de esa cantidad de horas. No porque lo quieran, sino porque es la única opción para llegar a fin de mes. En CABA, pasadas las 38 horas, ya no se cobra el total por cada hora extra. De esto me enteré pasado un año. A veces trabajar más no significa ganar más, pero no es posible renunciar una o dos horitas, es aceptar todo o no tener nada.

También en la distribución horaria, puede ser que me paguen 18 horas, y tenga que pasar 22 o más en el colegio, con un bache en el medio. A esto debemos sumarle que  el agregado de nuevas materias, nos obliga a cambiar nuestros horarios, año tras año.

Hace cuatro años comenzamos la Nueva Escuela Secundaria (la llamada NES), ahora se sumó en algunos colegios especialmente elegidos, la  "Secundaria del futuro". 

  
Entiendo que es bueno saber reinventarse, pero lo que nos están pidiendo es demasiado. No nos merecemos la improvisación, la falta de explicaciones, y que las decisiones no partan de la comunidad educativa (padres, alumnos, docentes, directivos) sino de algunos pocos, que me parece, no han estado más que de visita en las aulas. Es por esto que pedimos explicaciones, exigimos argumentos, y  tiempo y organización. Nada de eso ocurrió, cada cambio se fue probando sobre la marcha, en diciembre todavía no sabíamos que iba a pasar en febrero. Hoy no sé que pasará el año próximo, cuando me toque como docente de segundo año el avance de  la secundaria del futuro.

Se desprestigia nuestro trabajo como si no fuera una tarea en la que nos tenemos que probar a diario. Como si no nos obligaran, nuestros propios estudiantes, a capacitarnos continuamente.  

Mucho se habla de que "no queremos trabajar". Escucho, del gobierno, de los padres, que los y las docentes abusan de las licencias. En realidad, la mayoría somos mujeres, madres que tienen que atender a sus hijos si se enferman, que sostienen el cuidado de sus mayores, que se embarazan, que pueden tener complicaciones pre y post parto, parece que se nos castiga por ser una mayoría femenina.



El cuerpo es uno. Cada clase es una inversión de energía. Se necesita todo el entusiasmo, y concentración para lograr que esa barca cargada de 30 adolescentes inquietos llegue a buen puerto. Hora tras hora,  día tras día. Luis Pescetti decía en un charla que dio en la facultad el año pasado:

"Si yo tuviera 500 personas, una sola vez, y 500 personas al otro día, me la banco. Tengo dos show. Esas mismas 500 personas, al otro día, entro en pánico. Al cuarto día, tengo un artista invitado. Quinto día: hago un encuentro de artistas invitados...

La docencia tiene algo terriblemente difícil que es mantener la frescura de la relación durante 4 horas o más, durante todo el año."


Cada día 100 personas, y la mayoría ni siquiera querían venir al show.

Nuestra tarea no termina en el aula. Debemos corregir, planear nuevas actividades, buscar material. ¿Cuántas veces una tarde de domingo estamos pensando una nueva estrategia para la semana? No hay recetas que sean infalibles, cada curso nos obliga a probar nuevos ingredientes.

¿Cuántos profesionales se llevan SIEMPRE  el trabajo a casa? En estos años me tocaron de cerca situaciones, que se me pegaron al salir del aula.  Tengo las cicatrices de los alumnos y alumnas que se fueron, porque el sistema no supo contenerlos y que me dolieron en el corazón. De aquellos y aquellas, que no pude ayudar. 

Entiendo la docencia como una relación desde el afecto, en donde es imposible enseñar si no se vincula, si no construimos  algo que nos une. Eso es lo que me hace querer estar ahí, y continuar. Aún en las peores condiciones.

Estoy en un colegio de gestión estatal. Los espacios no alcanzan, los bancos y sillas necesarios, fueron aportadas por la cooperadora. Los padres consiguen pizarrones, y los pintan. Los chicos ayudan. La escuela hace rato que quedó chica y nos limita. En invierno hace frío, en verano las aulas transpiran y nosotros con ellas. Los marcadores para pizarra, las fotocopias para los chicos, las tizas de colores, y muchos de los materiales que usamos a diario, se pagan con el mismo sueldo que cobramos. Ese que nos prometen pagar con aumentos mínimos y escalonados. Ese que si reclamamos es porque queremos manipular a los alumnos y alumnas, esos mismos que "son  rehenes" en esta negociación que el gobierno transforma en una decisión unilateral, sin discusión posible.

En ese contexto, que se nos imponga el uso de la tecnología en las aulas,  parece una broma de mal gusto. 

Este año por primera vez, la Ciudad hizo una inversión en el colegio, equiparon las aulas de primer año con la mejor tecnología (parte de ser una escuela elegida para la profundización de la NES). Muebles nuevos, cañón, netbook, pizarra táctil y la misma instalación eléctrica en el colegio,  de hace 50 años, que no la soporta. La peor conexión a internet posible.

 A pesar de todo, siento que ELEGí quedarme dando clases en una escuela pública de la Ciudad de Buenos Aires. Digo esto con orgullo y en voz alta, porque también hubo por parte de nuestro presidente una frase desafortunada, el año anterior, diciendo que "algunos caemos en la escuela pública".

He aprendido mucho. Tengo cursos numerosos que son una maravilla, cursos pequeños en donde me esfuerzo el doble. 

Hay días en que me ven salir sonriendo y siento que mis pies no tocan las baldosas, hay días en que tengo los ojos húmedos y me arrastro por el asfalto. 

Podría quedarme con la Universidad, quizás ganaría en tranquilidad, pero es un placer para mí verlos crecer. Mis estudiantes, logran que me entusiasme su entusiasmo.

No me considero una docente por vocación. En mi infancia de niña tímida no se me ocurría ser docente, fue un descubrimiento adulto, algo que cambió mi historia para siempre. 

Después de tres años, este marzo volví a dar clase en esta misma aula, la de la foto, la que llaman "pecera". 

En un mismo lunes, paso de dar clase con tiza en unos pizarrones verdes inmensos en la UBA, a escribir con el marcador para pizarra en unos pizarrones diminutos, manchados y gastados, que alguna vez fueron blancos.

A veces me visita el silencio.  Muchos días enseño lo mismo, adaptado a distintos niveles, no es que les exija mucho, siento que me lo exigen. Y a mi me gusta dejarme llevar por sus deseos.

Defiendo mi trabajo, y el trabajo de mis compañeras y compañeros docentes. Defiendo la creatividad, la iniciativa, el encuentro amoroso en el espacio cotidiano.

Este fin de semana leí una nota que le hicieron a Michèle Petit, antropóloga francesa, en ocasión a del congreso "Territorios para pensar las infancias" que se realizó en Posadas, Misiones.

"Yo no estudié particularmente la escuela en la Argentina, pero me sorprende la apertura que tienen muchos docentes para tratar de hacer dialogar la emoción estética y los aprendizajes, experimentar, no quedarse en el utilitarismo a corto plazo: hay que aprender esto para esta semana, porque la currícula lo dice. No, muchos tienen una ambición, un deseo de ir por más. Sé que es un momento difícil, que sus institutos de formación están atacados, me entero por las redes sociales, por mis amigos. Sin embargo eso no los detiene, ¡al contrario!  "


Ese deseo de ir por más está, en muchos docentes. Escribo esto porque siento que pretenden detenernos. Que se nos ataca, desde distintos lugares, que se desvaloriza esta labor. Que pretenden que bajemos los brazos.



El viernes a última hora, cuando ya todos estábamos cansados del día, terminé de explicar sobre las células y nos pusimos a leer un libro. Terminaron de guardar los útiles en las mochilas, y arranqué con la lectura de un capítulo de "Secretos de familia" de Graciela Cabal. Hubo risas, comentarios, y a medida que leía, empezaron a asomarse alumnos de otros cursos a través de la ventana, algunos que listos para irse a su casa, nos veían metidos en la lectura y sentían ganas de entrar.  Así fueron sumándose escuchas hasta que terminé y espontánemente se inició el aplauso.  En eso se oyó el timbre y todos se fueron a sus casas, entre risas y murmullos... hacia el fin de semana.

Siento que los que trabajamos a diario en las aulas, provocamos esto, los invitamos a nuestros alumnas y alumnos, a asomarse, a querer entrar, los provocamos a lo desconocido. 


Y mientras les abrimos la puerta y nos esforzamos por lograr que pasen, que se integren, los que nos gobiernan, los que deciden, intentan continuamente dejarlos afuera.


8 comentarios:

  1. Querida,queridísima Pato mientras escribo, lágrimas se deslizan por mis mejillas ,el pecho henchido de orgullo por la docente que sos, un faro de esperanza dentro de este oscuro mar por el que vos y otros docentes vienen navegando.
    GRACIAS,gracias,gracias. Te quiero.

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    1. Gracias...pero somos muchas y muchos los que realmente nos preocupamos, es por eso que creo yo que no hay que dejarse vencer en la desesperanza y debemos seguir resistiendo. Permaneciendo en lo que creemos. Gracias

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