sábado, 24 de agosto de 2019

Leyendo: La aventura de un lector

En el día del lector/a, volvió a mi recuerdo, este cuento de Italo Calvino, que me resulta hoy tan placentero volver a leer, tan significativo de esas sensaciones que me atrapan en la lectura.

Y por eso que decidí compartirlo.. 






La aventura de un lector (1958)

Gli amori difficili (1970)

En el cabo la carretera del litoral pasaba por la parte más alta; abajo, en el fondo del acantilado y todo alrededor, el mar se extendía hasta el horizonte alto y esfumado. También el sol estaba en todas partes, como si el cielo y el mar fueran dos lentes de aumento. Allá abajo, contra la melladura irregular de los escollos del cabo, el agua batía tranquila, sin espuma. Amedeo Oliva bajó por una rampa de peldaños empinados con la bicicleta al hombro y la dejó en un lugar a la sombra, después de poner la cadena antirrobo. Siguió bajando la escalerilla entre desmoronamientos de tierra amarilla y seca y agaves suspendidos en el vacío, e iba buscando con la mirada el pliegue rocoso más cómodo para tenderse. Llevaba bajo el brazo una toalla enrollada y en medio de la toalla, el bañador y un libro.

El cabo era un lugar solitario: unos pocos grupos de bañistas se zambullían o tomaban el sol escondidos unos de otros por las anfractuosidades del terreno. Entre dos rocas que lo ocultaban a la vista, Amedeo se desvistió, se puso el bañador y empezó a saltar de una cresta a otra de los escollos. Atravesó así, brincando con sus piernas flacas, la mitad de la escollera, por momentos volando casi sobre las narices de parejas de bañistas semiocultas, tendidas sobre toallas de baño. Después de un bloque de arenisca, de superficie porosa e irregular, empezaban los escollos lisos, de contornos redondeados; Amedeo se quitó las sandalias y llevándolas en la mano siguió corriendo descalzo, con la seguridad del que sabe calcular a ojo las distancias entre roca y roca y tiene unos pies cuyas plantas no le temen a nada. Llegó a un lugar donde la pared rocosa caía a pico sobre el mar: la pared estaba atravesada a media altura por una especie de escalón. Allí Amedeo se detuvo. Sobre un saliente plano acomodó su ropa bien doblada, y encima puso las sandalias con la suela hacia arriba, para que una ráfaga de viento no se lo llevara todo (en realidad apenas soplaba una ligerísima brisa del mar, pero ese gesto de precaución debía de ser habitual en él). Llevaba consigo una bolsita que era un cojín de goma; sopló hasta inflarlo, lo apoyó en un punto, y desde allí hacia abajo, en un tramo del borde rocoso en ligero descenso, tendió la toalla. Se dejó caer boca arriba y ya abría con las manos el libro en la página señalada. Así pasó largo rato tendido en la roca, bajo el sol que reververaba por todas partes, la piel seca (tenía el bronceado opaco, irregular, de quien toma el sol sin método pero es resistente a las quemaduras), apoyó en el cojín de goma la cabeza cubierta con una gorra de tela blanca, mojada (sí: había bajado hasta un escollo al nivel del agua para empaparla), inmóvil, sólo los ojos (invisibles detrás de las gafas oscuras) seguían por las líneas blancas y negras el caballo de Fabrizio del Dongo. A sus pies se abría una pequeña cala de agua verdeazul, transparente casi hasta el fondo. Los escollos, según la exposición, eran de un blanco calcinado o estaban cubiertos de algas. En el fondo había una playita de guijarros. Cada tanto Amedeo alzaba los ojos hacia el espectáculo circundante, los posaba en un centelleo de la superficie y en la marcha oblicua de un cangrejo; después volvía absorto a la página donde Raskolnikof contaba los peldaños que lo separaban de la puerta de la vieja o Lucien de Rubempré, antes de meter la cabeza en el nudo corredizo, contemplaba las torres y los techos de la Conciergerie.
Desde hacía un tiempo Amedeo tendía a reducir al mínimo su participación en la vida activa. No es que no le gustara la acción; más aún, del gusto por la acción se alimentaban todo su carácter y sus preferencias; y sin embargo, de año en año, el furor de ser él quien actuaba iba disminuyendo, disminuyendo tanto que era como para preguntarse si alguna vez lo había sentido realmente. No obstante, el interés por la acción sobrevivía en el placer de la lectura: su pasión eran siempre las narraciones de hechos, las historias, la trama de las vicisitudes humanas. Novelas del siglo XIX, ante todo, pero también memorias y biógrafías y así sucesivamente hasta llegar a las novelas policíacas y a la ciencia ficción, que no desdeñaba pero que le daban menos satisfacción aunque sólo fuera porque eran libritos breves: a Amedeo le gustaban los volúmenes gruesos y sentía al abordarlos el placer físico que da hacer frente a un gran esfuerzo. Sopesarlos en la mano, apretados, espesos, sólidos, observar con un poco de aprensión el número de páginas, la vastedad de los capítulos; después entrar en ellos: un poco reticente al principio, sin ganas de hacer el primer esfuerzo de recordar los nombres, de seguir el hilo de la historia; después confiar en ellos, deslizándose por los renglones, atravesando el enrejado de la página uniforme, y más allá de los caracteres de plomo aparecía entonces la llama y el fuego de la batalla y la bala que silbando en el cielo caía a los pies del príncipe Adrei, ahora es la tienda atestada de estampas, de estatuas y Frédéric Moreau palpitante hacía su aparición en casa de los Arnoux. Más allá de la superficie de la página se entraba en un mundo en el que la vida, antes era más vida que la de aquí, de este lado: como la superficie del mar que nos separa del mundo azul y verde, grietas hasta perderse de vista, extensiones de fina arena ondulada, seres mitad animales mitad plantas.
El sol era ardiente, el escollo quemaba y al cabo de un momento Amedeo se sentía uno con la roca. Llegaba al final del capítulo, cerraba el libro poniendo como señal el folleto publicitario, se quitaba la gorra de tela y las gafas, se ponía de pie medio atontado, y con grandes saltos llegaba a la punta extrema del escollo donde a toda hora un grupo de chiquillos se zambullía y volvía a trepar. Amedeo se erguía en un peldaño a pico sobre el mar, no demasiado alto, a un par de metros del agua, contemplaba con ojos todavía deslumbrados la transparencia luminosa que se extendía bajo sus pies y de golpe se tiraba. Su zambullida era siempre igual, de pez, bastante correcta, pero con cierta rigidez. El paso del aire asoleado al agua tibia habría sido casi imperceptible si no fuese brusco. No reaparecía en seguida, le gustaba nadar debajo del agua, cada vez más hondo, rozando casi el fondo, hasta faltarle la respiración. Le daba mucho placer el esfuerzo físico, imponerse tareas difíciles (por eso iba a leer su libro en el cabo, al que subía en bicicleta, pedaleando furiosamente bajo el sol meridiano): nadando bajo el agua, trataba siempre de llegar a una pared de roca que emergía en cierto lugar de la arena del fondo, cubierta de un espeso matorral de hierbas marinas. Volvía a la superficie entre esas rocas y nadaba un poco alrededor; empezaba practicando el crawl con método, pero gastando más fuerzas de lo necesario; en seguida, cansado de tener la nariz metida en el agua como un ciego, pasaba a una brazada más libre, «marinera»; la vista le daba más satisfacción que el movimiento, y poco después de la «marinera» pasaba a nadar de espaldas, cada vez de manera más irregular y con interrupciones, hasta detenerse para hacer el muerto. Giraba y se revolvía en aquel mar como en un lecho sin orillas, y se proponía como objetivo o bien llegar a un islote, o bien dar algunas brazadas, y no cejaba hasta no llevar a buen término su propósito; unas veces se dejaba estar indolentemente, otras avanzaba hacia mar abierto deseoso de tener el cielo y el agua a su alrededor, a veces volvía a acercarse a los escollos que emergían alrededor del cabo para no perder ninguno de los itinerarios posibles del pequeño archipiélago. Pero mientras nadaba se daba cuenta de que la curiosidad que iba creciendo en él era la de conocer la continuación —pongamos— de la historia de Albertine. ¿La encontraría o no Marcel? Nadaba furiosamente o hacía el muerto, pero su corazón estaba entre las páginas del libro que había dejado en la orilla. Entonces, con rápidas brazadas alcanzaba su escollo, buscaba el punto donde se treparía, y así casi sin darse cuenta se encontraba arriba, frotándose los hombros con la toalla de esponja. Volvía a encasquetarse la gorra de tela, se tendía de nuevo al sol y comenzaba el nuevo capítulo.
No era sin embargo un lector apresurado, famélico. Había llegado a la edad en que la segunda, la tercera o la cuarta lectura dan más placer que la primera. Y sin embargo, le quedaban todavía muchos continentes por descubrir. Cada verano, los preparativos más laboriosos antes de partir al mar eran los de la pesada maleta de libros: según la inspiración y los razonamientos de los meses de vida ciudadana, Amedeo escogía cada año ciertos libros famosos que quería releer y ciertos autores que afrontaba por primera vez. Y allí en el escollo los iba agotando, alzando a menudo los ojos de la página para reflexionar, juntar las ideas. En cierto momento, al levantar la vista, vio que en la playita de guijarros, en el fondo de la cala, se había tendido una mujer.
Estaba muy bronceada, era flaca, ni demasiado joven ni de gran belleza, pero le pegaba estar desnuda (llevaba un «dos piezas» sucinto y bien arrollado en los bordes para tomar todo el sol posible), y atrajo la mirada de Amedeo. El observó que, mientras leía, separaba cada vez más a menudo los ojos del libro y los alzaba en el aire, y ese aire era el que había entre la mujer y él. La cara de ella (estaba tendida en la orilla en pendiente, sobre una colchoneta de goma, y a cada ojeada Amedeo veía las piernas no carnosas pero armoniosas, el vientre perfectamente liso, el pecho exiguo pero quizá no desagradable aunque probablemente un poco marchito, los hombros algo huesudos, como el cuello y los brazos, y la cara oculta por gafas negras y por el ala del sombrero de paja), ligeramente marcada, era vivaz, perspicaz e irónica. Amedeo la clasificó como el tipo de mujer independiente, que veranea sola, que a los balnearios populosos prefiere la escollera más desierta y le gusta estar así poniéndose negra como el carbón: evaluó la parte de indolente sensualidad y de insatisfacción crónica que había en ella; pensó furtivamente en las probabilidades que ofrecía para una aventura de rápido desenlace, las comparó con la perspectiva de una conversación convencional, de un programa nocturno, de posibles dificultades logísticas, del esfuerzo de atención que es siempre necesario para trabar conocimiento aunque sea superficial con una persona y siguió oyendo, convencido de que la mujer no podía en realidad interesarle.
Pero o había pasado demasiado tiempo tendido en aquel lugar de la roca, o era que esos rápidos pensamientos le habían dejado una huella de inquietud, el hecho es que se sentía dolorido; las asperezas de la roca debajo de la toalla que le servía de colchón empezaban a resultarle incómodas. Se levantó para buscar otro lugar donde acostarse. Durante un instante dudó entre dos sitios que parecían igualmente cómodos: uno más alejado de la playita donde estaba la señora bronceada (inclusive al otro lado de un espigón de piedra que le impediría verla), el otro más próximo. La idea de acercarse y de que por sabe Dios qué juego de circunstancias imprevisibles se viera obligado a iniciar un diálogo e interrumpir por lo tanto la lectura, le hizo preferir en seguida el lugar más alejado, pero, pensándolo bien, se podría creer que él quería escapar de la señora recién llegada, y eso podía parecer poco elegante, de modo que optó por el lugar más cercano, de todos modos la lectura lo absorbía tanto que no sería desde luego la vista de la señora —que por lo demás ni siquiera era demasiado guapa— lo que pudiera distraerlo. Se tendió sobre un costado, sujetando el libro de modo que le ocultara la vista de ella, pero le cansaba mantener el brazo a esa altura y terminó por bajarlo. Entonces, la misma mirada que se deslizaba por los renglones, cada vez que tenía que volver al comienzo, encontraba, apenas más allá del margen de la página, las piernas de la veraneante solitaria. También ella se había desplazado un poco, buscando una posición más cómoda, y el hecho de haber alzado las rodillas y cruzado las piernas exactamente en la dirección de Amedeo, le permitía examinar mejor algunas proporciones de la señora, nada desagradables. En una palabra, Amedeo (aunque el filo de una roca le cortara la cadera) no hubiera podido encontrar una posición mejor: el placer que podía darle la vista de la señora bronceada —un placer marginal, un extra, pero no por ello despreciable ya que podía disfrutarlo sin esfuerzo— no perjudicaba el placer de la lectura, sino que se insertaba en su curso normal, de modo que estaba seguro de poder seguir leyendo sin tener la tentación de apartar la mirada.
Todo estaba en calma, sólo se deslizaba el fluir de la lectura a la que el paisaje inmóvil servía de marco, y la señora bronceada se había convertido en una parte necesaria de ese paisaje. Amedeo contaba naturalmente con su propia capacidad para permanecer largo rato absolutamente inmóvil, pero no tenía en cuenta la movilidad de la mujer, que ya se levantaba, se ponía de pie, avanzaba entre los guijarros hacia la orilla. Se había puesto en movimiento —comprendió en seguida Amedeo— para ver de cerca una gran medusa que un grupo de chiquillos arrastraba hacia la orilla, empujándola con unas cañas. La señora bronceada se inclinaba hacia el cuerpo invertido de la medusa e interrogaba a los chicos; sus piernas se alzaban sobre zuecos de madera de tacones muy altos, incómodos para aquellas rocas; su cuerpo, visto de atrás como ahora lo veía Amedeo, era el de una mujer más agradable y más joven de lo que le había parecido antes. Pensó que para un hombre en busca de aventuras el diálogo de ella con los chiquillos pescadores habría sido una ocasión «clásica»: acercarse, comentar también él la captura de la medusa e iniciar así la conversación. ¡Justo lo que él no hubiera hecho por todo el oro del mundo!, pensó para sí, sumiéndose de nuevo en la lectura. Claro que esta norma de conducta le impedía también satisfacer una curiosidad natural respecto a la medusa que era, por lo que se veía, de dimensiones insólitas, y de una extraña tonalidad esfumada, entre el rosa y el violeta. Curiosidad ésta por los animales marinos que, lejos de distraerlo, era coherente con el mismo tipo de pasión por la lectura; además, en aquel momento el interés por la página que estaba leyendo —un largo pasaje descriptivo— había ido disminuyendo; en una palabra, era absurdo que para defenderse del peligro de iniciar una conversación con la veraneante, él se vedase también impulsos espontáneos y bien justificados, como el de distraerse unos pocos minutos observando de cerca una medusa. Puso la señal, cerró el libro y se levantó: su decisión no podía ser más oportuna: justo en ese momento la señora se separaba del grupito de muchachos, disponiéndose a volver a su colchoneta. Amedeo lo notó mientras se iba acercando y sintió la necesidad de decir en seguida una frase en voz alta. Gritó a los muchachos:
–¡Cuidado! ¡Puede ser peligrosa!
Los chicos, en cuclillas alrededor del animal, ni siquiera levantaron los ojos: con los trozos de caña que tenían en la mano seguían tratando de levantarla y darle la vuelta; pero la señora se giró vivamente y se acercó de nuevo a la orilla, con aire entre interrogativo y asustado:
–¡Uy!, qué miedo, ¿muerde?
–Si se toca quema la piel —explicó él, y se dio cuenta de que se había dirigido, no a la medusa sino a la veraneante, que quién sabe por qué se cubría el pecho con los brazos en un estremecimiento inútil y sus miradas casi furtivas pasaban del animal boca arriba a Amedeo. El la tranquilizó y así, como era de prever, empezaron a hablar, pero no importaba, porque Amedeo volvería en seguida al libro que lo esperaba; le bastaba echar un vistazo a la medusa y por eso acompañó a la señora bronceada, que se inclinó en medio del círculo de chiquillos. La señora observaba ahora con asco, los nudillos de los dedos contra los dientes, y en cierto momento estando uno al lado del otro sus brazos se tocaron y tardaron un momento en separarse. Amedeo se puso entonces a hablar de medusas: su competencia directa no era mucha, pero había leído algunos libros de famosos pescadores y exploradores submarinos, de modo que —sobrevolando la fauna menuda— llegó en seguida a hablar de la famosa «manta». La veraneante lo escuchaba mostrando un gran interés y cada tanto intervenía, siempre a destiempo, como suelen hacer las mujeres.
–¿Ve esta mancha roja que tengo en el brazo? ¿No habrá sido una medusa? —Amedeo palpó el punto, un poco más arriba del codo, y dijo que no. Estaba un poco rojo porque se había apoyado en el codo mientras estaba echada.
Con eso, todo se terminó. Se saludaron, ella volvió a su lugar, él al suyo y reanudó la lectura. Había sido un intermedio que duró el tiempo justo, ni mucho ni poco, una relación humana no antipática (la señora era cortés, discreta, dócil) justamente porque apenas había comenzado. Pero en el libro encontraba una adhesión a la realidad mucho más plena y concreta, donde todo tenía un significado, una importancia, un ritmo. Amedeo se sentía en una disposición perfecta: la página escrita le abría la verdadera vida, profunda y apasionante, y alzando la vista encontraba una conjunción casual pero placentera de colores y sensaciones, un mundo accesorio y decorativo que no podía comprometerlo en nada. La señora bronceada, desde su colchoneta, le sonrió y le hizo un gesto de saludo, él respondió también con una sonrisa y un gesto vago y bajó en seguida la mirada. Pero la señora había dicho algo.
–¿Cómo dice?
–¿Lee, sigue leyendo?
–Eh…
–¿Es interesante?
–Sí.
–¡Que siga bien!
–Gracias.
No debía alzar más los ojos. Por lo menos hasta el final del capítulo. Lo leyó de un tirón. Ahora la señora tenía un cigarrillo en la boca y se lo señalaba con un gesto. Amedeo tuvo la impresión de que desde hacía ya un momento ella trataba de llamar su atención.
–¿Cómo?
–… cerillas, disculpe…
–Ah, no, no fumo…
El capítulo había terminado, Amedeo leyó rápidamente las primeras líneas del siguiente, que encontró sorprendentemente apasionantes, pero para abordar el nuevo capítulo sin preocupaciones, había que solucionar cuanto antes la cuestión de las cerillas.
–¡Espere!
Se levantó, salió saltando entre los escollos, medio aturdido por el sol, hasta encontrar un grupito de gente que fumaba. Pidió prestada una caja de cerillas, corrió hasta la señora, le encendió el cigarrillo, volvió corriendo a devolver la caja, le dijeron:
–Quédesela, quédesela, por favor —corrió de nuevo hasta la señora para dejarle la caja, ella le dio las gracias, él esperó un momento antes de irse, pero comprendió que después de aquella pausa tenía que decir algo más y dijo:
–¿No se baña?
–Dentro de un rato —dijo la señora—, ¿y usted?
–Yo ya me he bañado.
–¿Y no vuelve a meterse en el agua?
–Sí, leo otro capítulo y nado otro poco.
–Yo también, fumo el cigarrillo y me zambullo.
–Hasta luego, entonces.
–Hasta luego.
Esta especie de cita le devolvió una calma que —ahora se daba cuenta— no conocía desde que había advertido la presencia de la veraneante solitaria: ahora ya no le pesaba sobre la conciencia la idea de mantener con aquella señora una relación cualquiera; todo quedaba postergado al momento del baño —baño que de todos modos él se hubiera dado, aunque ella no estuviera— y ahora podía abandonarse sin remordimientos al placer de la lectura. Al punto de no advertir que en cierto momento —cuando aún no había llegado al final del capítulo— la veraneante, terminado el cigarrillo, se había levantado y se le había acercado para invitarlo a bañarse. Vio los zuecos y las piernas rectas a poca distancia del libro, alzó la mirada, volvió a bajarla a la página —el sol era deslumbrante— y leyó de prisa algunas líneas, miró nuevamente hacia arriba y la oyó:
–¿No le estalla la cabeza? ¡Yo me zambullo!
Sin embargo, se estaba bien allí, leyendo y alzando la vista entre párrafo y párrafo. Pero como no podía seguir postergando, Amedeo hizo algo que no hacía nunca: se saltó casi media página hasta el final del capítulo, que en cambio leyó con mucha atención, y después se levantó.
–¡Vamos! ¿Se zambulle desde la punta?
Después de tanto hablar de zambullirse, la señora bajó al mar con cautela desde un peldaño al ras del agua. Amedeo se arrojó de cabeza desde una roca más alta de lo habitual. Era la hora en que el sol todavía declina lentamente. El mar estaba dorado. Nadaron en aquel oro, un poco separados; por momentos Amedeo se hundía unas brazadas bajo el agua y se divertía pasando por debajo de la señora para asustarla. Decimos que se divertía: cosa de niños, claro está, pero por lo demás, ¿qué se podía hacer? El baño de a dos era ligeramente más aburrido que a solas; pero la diferencia era mínima. Fuera de los reflejos de oro, el azul del agua se ensombrecía, como si del fondo aflorase una oscuridad de tinta. Era inútil, nada igualaba el sabor a vida que hay en los libros. Mientras nadaba entre ciertos escollos hirsutos, semisumergidos, y dirigía a la señora asustada (para hacerla subir a un islote le rodeó las caderas y el pecho, pero de tanto estar en el agua, sus manos se habían vuelto casi insensibles, las yemas de los dedos estaban blancas y onduladas), Amedeo miraba cada vez más seguido hacia la orilla donde se distinguía la tapa del libro en colores. No había otra historia, otra espera posible que la que había dejado en suspenso entre las páginas donde estaba la señal, y todo lo demás era un intervalo vacío.
Pero de regreso a la orilla, el ayudarse a subir, secarse, frotarse mutuamente los hombros, terminó por crear una especie de intimidad, de modo que a Amedeo le pareció que en ese momento volver a su rincón sería poco elegante.
–Bueno —dijo—, me quedo a leer aquí; voy a buscar el libro y el cojín.
A leer, había tenido buen cuidado de advertir. Y ella:
–Sí, muy bien, yo también fumo un cigarrillo y leo un poco Annabella.
Tenía una revistilla de ésas de mujeres, y así los dos se pusieron a leer cada uno por su lado. La voz de ella le llegó como una gota fría en la nuca, pero sólo decía:
–¿Por qué se queda ahí, que es duro?, venga a la colchoneta, le dejo lugar.
La propuesta era amable, en la colchoneta se estaba bien y Amedeo asintió de buen grado. Estaban echados, él en un sentido y ella en el otro. La señora no hablaba, hojeaba las páginas ilustradas y Amedeo consiguió sumergirse por entero en la lectura. El ocaso era lento, de esos en que el calor y la luz casi no disminuyen sino que se van atenuando suavemente. La novela que leía Amedeo había llegado a ese momento en que se revelan los mayores secretos de los personajes y del ambiente, y uno se mueve en un mundo familiar, y se alcanza una especie de paridad, de confianza entre el autor y el lector y se avanza al mismo paso, y uno no se detendría nunca.
En la colchoneta de goma se podían hacer también esos pequeños movimientos que los miembros necesitan para no entumecerse, y una pierna de él, en un sentido, se adhirió a una pierna de ella, en el otro. A Amedeo la cosa no le desagradaba y se quedó así; a ella por lo visto tampoco, porque no se movió. La dulzura del contacto se sumaba a la lectura y, en lo que respecta a Amedeo, la hacía más completa; en cambio para la veraneante debía de ser diferente, porque se incorporó, se sentó y dijo:
–Pero…
Amedeo tuvo que levantar la cabeza del libro. La mujer lo miraba y sus ojos eran amargos.
–¿Le pasa algo? —preguntó él.
–¿Pero no se cansa nunca de leer? —dijo la mujer—. ¡No se puede decir que sea usted un tipo sociable! ¿No sabe que a las señoras hay que darles conversación? —añadió con una semisonrisa que tal vez quería ser sólo irónica pero que a Amedeo, que en aquel momento hubiera dado cualquier cosa por no despegarse de la novela, le pareció francamente amenazadora. «¡Quién me manda meterme en esto!», pensó. Ahora estaba claro que con aquella mujer al lado no podría leer ni una línea más. «Habría que hacerle entender que se ha equivocado», pensó, «que soy el tipo menos indicado para hacer de galán de playa, que soy un tipo al que es mejor no darle ninguna confianza.»
–¿Conversación? —dijo en voz alta—. ¿Qué conversación? —y estiró una mano hacia ella. «Bueno, si ahora le pongo las manos encima, se sentirá ofendida por un gesto tan fuera de lugar, quizá me dé una bofetada y se vaya.» Pero tal vez fuera su natural reserva, tal vez un deseo diferente, más dulce, lo que en realidad lo impulsaba, el hecho es que la caricia, en vez de brutal y provocativa, fue tímida, melancólica, casi suplicante: le rozó el cuello con los dedos, levantó una cadenita que ella llevaba y la dejó caer. La respuesta de la mujer consistió en un gesto primero lento, como resignado y un poco irónico —bajó la barbilla de costado, para retener la mano—, después, rápido, como en un calculado impulso de agresividad, le mordió el dorso de la mano.
–¡Ay! —exclamó Amedeo. Se separaron.
–¿Así es cómo da usted conversación? —dijo la señora.
«Está bien», razonó velozmente Amedeo, «esta manera mía de dar conversación no le gusta, de modo que basta de conversación y a leer», y ya se arrojaba sobre un nuevo párrafo. Pero trataba de engañarse a sí mismo: se daba perfecta cuenta de que habían llegado demasiado lejos, que entre él y la señora bronceada se había creado una tensión que no se podía interrumpir; sentía que él era el primero en no querer interrumpirla, de todas maneras no conseguiría volver a la única tensión de la lectura, toda recogida e interior. Podía en cambio tratar de que esa tensión externa siguiera, por así decirlo, un curso paralelo a la otra, para no tener que renunciar ni a la señora ni al libro.
Como la señora se había sentado apoyando la espalda en un escollo, él se sentó a su lado y le pasó un brazo por los hombros, con el libro sobre las rodillas. Se volvió hacia ella y la besó. Se separaron y volvieron a besarse. Después él bajó la cabeza hacia su libro y reanudó la lectura.
Mientras pudiera, quería seguir adelante con la lectura. Su temor era no poder terminar la novela: el comienzo de una relación de verano podía significar el fin de sus tranquilas horas de soledad, un ritmo completamente diferente que se adueñaba de sus días de vacaciones; y ya se sabe que, cuando uno está completamente enfrascado en la lectura de un libro, si tiene que interrumpirla para reanudarla al cabo de un tiempo, casi todo el gusto se pierde: se olvidan muchos detalles, uno no logra entrar como antes.
El sol se ponía poco a poco detrás del promontorio cercano, y detrás del siguiente y del siguiente, dejándolos sin colores, a contraluz. De las anfractuosidades del cabo habían desaparecido todos los bañistas. Ahora estaban solos. Amedeo ceñía los hombros de la veraneante con un brazo, leía, la besaba en el cuello y en las orejas —le parecía que a ella le gustaba— y cada tanto, cuando la mujer se giraba, en la boca; después volvía a leer. Quizás esta vez había encontrado el equilibrio idea hubiera continuado así durante un centenar de páginas. Pero una vez más fue ella la que quiso cambiar la situación. Empezó a ponerse tiesa, casi a rechazarlo, y entonces dijo:
–Es tarde. Vamos. Yo me visto.
Esta brusca decisión abría perspectivas completamente distintas. Amedeo se quedó un poco desorientado, pero no se detuvo a sopesar el pro y el contra. Había llegado a un punto culminante del libro y la frase de ella: «Yo me visto», apenas oída, se había traducido en su cabeza en esta otra: «Mientras se viste, tendré tiempo de leer algunas páginas seguidas».
Pero ella:
–Ten en alto la toalla, por favor —le dijo, tuteándolo quizá por primera vez—, que nadie me vea.
La precaución era inútil porque la escollera había quedado desierta, pero Amedeo asintió de buen grado, ya que podía sostener la toalla sentado y leyendo el libro que tenía apoyado en las rodillas.
Al otro lado de la toalla la señora se había soltado el sujetador sin preocuparse de que él la mirase o no. Amedeo no sabía si mirarla fingiendo que leía o si leer fingiendo que la miraba. Las dos cosas le interesaban, pero mirarla le parecía mostrarse demasiado indiscreto, seguir leyendo, demasiado indiferente. La señora no practicaba el sistema habitual de las bañistas que se cambian al aire libre, que consiste en ponerse primero el vestido y después quitarse el bañador por abajo; no: ahora que tenía el pecho desnudo se quitaba también el «slip». Entonces fue cuando por primera vez ella volvió la cara hacia é y era una cara triste, con un pliegue amargo en la boca, y meneaba la cabeza y lo miraba.
«¡Ya que tiene que suceder, que suceda en seguida!», pensó Amedeo echándose hacia adelante con el libro en la mano, un dedo entre las páginas, pero lo que leyó en aquella mirada —reproche, conmiseración, desaliento, como si quisiera decir: «Estúpido, hagámoslo ya que hay que hacerlo, pero no entiendes nada, como todos los otros…»—, es decir, lo que no leyó, porque no sabía leer en la mirada, pero advirtió confusamente, le provocó tal arrebato que, al abrazarla y caer junto a ella en la colchoneta, giró apenas la cabeza hacia el libro para comprobar que no acabara en el mar.
Cayó en cambio justo al lado de la colchoneta, abierto, pero habían pasado algunas páginas y Amedeo, aunque siempre en el arrebato de sus abrazos, trató de liberar una mano para poner la señal en la página justa: no hay nada más fastidioso, cuando uno quiere reanudar rápidamente la lectura, que tener que estar allí pasando hojas sin volver a encontrar el hilo.
El entendimiento amoroso era perfecto. Podía tal vez prolongarse más; pero, ¿acaso no había sido todo fulminante en ese encuentro suyo?
Oscurecía. Abajo los escollos se abrían en tobogán, formando una pequeña cala. Ahora ella había bajado y había metido la mitad del cuerpo en el agua.

–Ven tú también, démonos un último baño… —Amedeo, mordiéndose un labio, contaba las páginas que faltaban para el final.

Italo Giovanni Calvino Mameli, Nació el 15 de octubre de 1923 en Santiago de las Vegas, Cuba.
Hijo de Eva Mameli, licenciada en Ciencias Naturales, y de Mario Calvino, un agrónomo, ambos italianos. La familia se encontraba en Cuba, porque su padre estaba dirigiendo una estación experimental de agronomía.
En 1925, volvieron a San Remo, Italia,  donde los padres dirigían una estación experimental de floricultura. Dos años después, nació su hermano, Floriano, quien más tarde llegaría a ser un geólogo de fama internacional, además de docente universitario.
Pasó su infancia y juventud en San Remo, y tras interrumpir sus estudios universitarios se unió a la resistencia antifascista durante la Segunda Guerra Mundial. Su primera novela: Los senderos de los nidos de araña, relata sus experiencias como partisano. Al poco tiempo publicó una serie de cuentos recopilada en un volumen bajo el título de Último viene il corvo.
Políticamente ligado al Partido Comunista Italiano (PCI), se aleja del mismo tras los sucesos de Hungría. Se licenció en Literatura y realizó trabajos editoriales.
Entre sus obras encontramos El barón rampante (1957), La jornada de un escrutador (1963), Las cosmicómicas (1965), Tiempo cero (1968) Las ciudades invisibles (1972), El castillo de los destinos cruzados (1973), Si una noche de invierno un viajero (1979) y Palomar (1983).
El 19 de febrero de 1964, se casó en La Habana con la argentina Esther Judit Singer, "Chichita". Se radicaron en Roma, donde un año después nació su hija Giovanna.
Falleció, a causa de un ictus cerebral, el 19 de septiembre de 1985, en Roccamare de Castiglione della Pescaia, donde pasaba sus vacaciones. Estaba trabajando en una serie de conferencias que tenía que impartir en la Universidad de Harvard, que sería publicadas con el título de Lezioni americane.


(La pintura que acompaña esta entrada pertenece a Joaquín Sorolla, pintor español)

¡Feliz Día!

miércoles, 31 de julio de 2019

¡CUMPLEAÑOS Y ANIVERSARIO DEL BLOG!

Un DÍA muy especial

Hace 4 años inicié mi blog, en el mes de Julio. Fue un salto al vacío. 

Julio es un mes significativo para mí, porque es el mes de mi cumpleaños. 

Quería un sitio donde hablar de los libros que leía, entrevistar a otros sobre sus inicios en la lectura (la sección de Entrevistas la venía pensando mucho tiempo antes de que este blog cobrara vida). 

Quería escribir. 

Los temas fueron surgiendo  casualmente. Tuve la oportunidad de visitar nuevamente el Taller Espantapájaros, y trabajar junto a Yolanda Reyes, nos hicimos algunas preguntas y aquellos niños me dieron algunas respuestas, que anotamos en el blog. También se me ocurrió poner algunas otras actividades como los talleres de poesía que realizaba en ese tiempo en las escuelas (pueden leer de algunos acá y acá).

Sumé algunas actividades en las que fui participando (como por ejemplo con los Casa Cuna Cuenteros, ese grupo que lleva la lectura a los espacios del Hospital, tan necesarios y tan premiados).  

Pero principalmente fue creciendo en este diario intercambio con los lectores.

Nunca hubiera escrito una entrada sobre cursos y talleres de LIJ, si no me la hubieran pedido, y surgió después de una pregunta (pueden leer las entradas acá y acá). 

Todavía me sorprendo con las repercusiones, que sin embargo es lo más bonito que tienen estos espacios. A veces olvido volver (en realidad en época de clases, el trabajo me absorbe, alguna vez me animé a dar cuenta de ello). Pero lo que me sorprende es que tiene vida propia.

 Esto pasa mucho con las reseñas. Por ejemplo la que tiene más lecturas es una de la novela de Sandra Comino "La noche más larga", (me imagino a la profe de literatura entregando un cuestionario, y a San Google haciendo el resto...) es entonces que las visitas ocurren en el período escolar y tienen carácter de urgente (con Bendita Ale, por ejemplo,  nos sacamos un 5). También en estos días la novela de Martín Blasco "El bastón de plata" empezó a tener más visitas, y ya me empezaron a pedir ayuda con la tarea (no siempre me siento capacitada para ayudar).

Un blog es algo vivo. 

Hoy festejé (mi cumpleaños) con amigos y amigas. 

No nos reunimos, pero estuvimos cerca. 

Y se lo debo a este camino que inicié, en el que nos fuimos encontrando. 

En algún momento ese camino me llevó a Belén, que vive en Valencia, y a la que nunca le pude dar un abrazo, pero que está tan presente, que muchas veces olvido que todavía no nos hemos mirado a los ojos. O a Iris, que es mi maestra en el Taller de Escritura, pero con la que aprendí mucho más que sobre escritura. O a Estrella, a la que vi solo una vez en Buenos Aires, en un taller de narración, y me enseñó tanto. O a Barbi, a quien recurro cada que necesito ayuda (y que mañana cumple años así que también la saludo por acá). Barbi es de esas personas espejo que reflejan la luz para que otros crezcan a su lado (con ella descubrí a otras amigas como Alex, otra persona luminosa). O a Sebastián, con el que aprendo con cada lectura que comparte, con cada reflexión en que nos provoca. O a Sergio, que desde su lugar en el mundo, siempre me alienta, y me acompaña, y que  me recuerda la importancia de ser agradecido, y continuar trabajando.

Podría seguir...(cientos de veces, o más). 

Unidos por hilos de palabras, somos más que una red. Creo que en esa conjunción extraña, de distintas latitudes y procedencias, somos gente capaz de iniciar pequeños movimientos que transforman a la tierra en un lugar más habitable, más solidario.

Me sumerjo en este mundo que se abre, inmenso y novedoso, el de la Literatura para niños y jóvenes, y salgo a tomar aire. 

Nado entre dos aguas,  la ciencia y la literatura, pero los libros son una constante. 

Me reconozco (orgullosamente) puente entre libros y lectores. Hace más de 4 años y medio, que un domingo al mes, en la plaza de mi barrio, leo con niños, con grandes, con mis vecinos y vecinas. (de esto también he dado cuenta en el blog)

Escribo,( que era lo que deseaba hacer), recomiendo libros, busco lecturas, y las comparto.


Cuando me inicié, no sabía nada de lo que era un blog (todavía sé muy poco). Estaba comenzando mi biblioteca (creo que encerraba en una caja a todos mis libros álbum e ilustrados, y no conocía la diferencia entre ambos).

Es parte de un aprendizaje que no termina. Y a mí me gusta aprender.




Esta ilustración que me regaló hoy, Ana Rodriguez me representa. La lectura, el libro, el agua (amo leer en el agua). De paso, les cuento que la ilustración que encabeza el blog fue también un regalo de Ximena García, (tengo la suerte de encontrarme con gente muy generosa).

En estos años he  descubierto que leer es siempre para mí, refugio y puerto. Lugar adonde arribo y de donde parto. Un sitio de descubrimiento, un sitio seguro al que aferrarme en los momentos difíciles. La lectura es una casa enorme en donde me encuentro con aquellos que son parte. Y a donde invito a lo que no...Es el espacio en donde crezco y donde aprendo, sobre mí, sobre otros. Es espejo y y ventana. Es una caverna o un lago. 


"...la lectura es algo más y algo mucho menos tranquilizador, o tan tranquilizador como asomarse a un abismo. La lectura lo pone a uno frente al acertijo. Lo "perplejea" digamos...Lo deja al borde de la inminencia. Y es ese acertijo, esa inminencia, esa primera oscuridad con la que uno confronta lo que lo lleva a leer, justamente. Es ése el vacío a llenar"..(1)


Dice Graciela Montes

Me siento identificada.

El blog se llama Leyendo el mundo, nombre que adopté a partir del libro de Michele Petit, "Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural" . Me gusta esa idea de ir por la vida narrándome, a mí y a los otros, soy una persona en busca de relatos...

"Sin relatos -aunque más no sea una mitología familiar, algunos recuerdos- , el mundo permanecería indiferenciado; no nos sería de ninguna ayuda para habitar los lugares en los que vivimos y construir nuestra mirada interior"(2)

Y entre las cosas que me gustan hacer con la lectura. Una, muy poderosa, es acercarla...Ir de acá para allá con un libro, y ofrecerlo, a veces con disimulo, (a veces no), a un lector o lectora. O por que no, como hago muchas veces en la plaza, a alguien que aún no lee.



Ilustración de Nora Hilb (una de las primera ilustradoras que mi hija y yo descubrimos hace más de 20 años, un placer poder decirle en persona que sus ilustraciones nos son tan queridas)



"Habrá que hacerse lector , pero alguien con más horas de navegación tendrá que acompañarte desde la orilla. Alguien tendrá que acercar el libro, en lo posible con las misma manos de la caricia. Alguien que sepa señalar un rumbo sin atarte a él, mostrarte un horizonte para que busques otros" (3) María Cristina Ramos

Como docente descubrí una gran oportunidad de hacer esto en mis clases de biología, y  me lo agradecen. Lo disfrutamos juntos.

"Un buen libro es capaz de quedarse en nosotros como se quedan las personas que amamos" dice María Teresa Andruetto, en otros de los libros que han sido los que iniciaron este blog.(4)

Y esto me carga de una cierta responsabilidad. Cuando vuelvo a ver a aquellos a los que les leí, muchas veces, me dicen que recuerdan (mejor que yo) el cuento, el poema, el libro. Entonces debo buscar (aprender, informarse, desafiarse) para poder ofrecer ese banquete.

Les pedí a los que me siguen en las redes (en facebook, en instagram), con la excusa de un concurso, que me dijeran por qué leen...

Son muchos, copio algunos  (y doy gracias por sumarse  a este juego)


"porque es la única forma de poder vivir muchas vidas viviendo solo una." PV

"Leemos también para ampliar la mirada, para descubrir otros mundos, otras perspectivas y otros sentires. Para viajar lejos y husmear otras vidas posibles. Para mirar más hondo en los pliegues del ser humano ." PD

"Leer es estar en mi lugar de siempre y al mismo tiempo en cualquier otro sitio; es oxígeno, es fuente, es descanso, es acicate; es siempre lo mismo y siempre diferente." CP

"Que por qué leo...? Porque no sabría cómo vivir SIN leer! Cómo soportar el dolor, la rutina, la idiotez, el tedio que tantas veces lo ocupa todo? Leer para escapar, para soñar, para no estar sola, para volar, para pensar, para desear."SG

"Me Leo para mi y Leo para les demás. Leer es sumergirse en ese mundo mágico, es imaginar historias y volar a la ficción. Leyendo soy una antigua diosa del olimpo, una guerrera ona defendiendo mis tierras de la invasión española, una bruja amiga de un mago, que en vez de varita tiene un paraguas, soy rimas de hadas, soy lo que quiero ser depende la historia que leo"MP


"En casa leemos porque nos divertimos" AA

"Leer te da libertad. Con todo lo que eso implica. Libertad en todos los sentidos y planos. " LG

Un libro, los libros. 

En mi casa no había libros. No vi a mi madre leer por placer. Nunca. No me reconocí como lectora hasta llegar a la adolescencia. Pero...acá estoy. 

Ansiando tener más tiempo para leer.

Les dejo un texto que me obligó a detenerme

 "La inútil lectura":

"Qué absurdo haber perdido tanto tiempo en aquel libro

Qué manera inútil de abandonarme, de extraviarme, de ausentarme, habiendo tanto para decir y por hacer

Qué forma tan insulsa y egoísta de pasar las horas leyendo un libro, como si la realidad no me exigiera una y otra vez estar alerta a la información, al clima, al tránsito, a los dislates de los presidentes, a la suba y baja de la bolsa de valores, al perro que se reencontró con su dueño en medio de aullidos de alegría, a la sombra extraña fijada en la catedral de un país escandinavo, a los dimes y diretes de una estrella de televisión que yo jamás había visto antes, a los horóscopos hechos a medida, al nuevo modelo de teléfono, a la compra venta de almas.

Qué insignificancia la mía, pretender huir hacia la periferia de la realidad, asumir esta pose infame del ensueño y encontrar allí un refugio egocéntrico para la soledad

Qué tontería la de sentarme, perplejo para leer, una historia de otro siglo, de otras gentes, de otros paisajes, de otros claroscuros y no permanecer amarrado al sillón que está atornillado enfrente de la televisión, en la que después de comentarse una muerte trágica se me ofrece una mejor pasta de dientes para que nunca sangren mis encías.

Cómo se me ocurre permanecer en esta lentitud, en esta parsimonia, si lo que el mundo me pide es correr, acelerar el tiempo, moverme en el mismo tiempo en que un hámster gira en su rueda, ganar mas dinero, ser mas productivo y mucho más eficaz

¿Y para qué me detengo estas horas en que no subrayaré nada, no encontraré concepto alguno, ninguna idea para hacer que le conocimiento avance y el mundo vaya más de prisa, aunque hacia ningún lugar?

Qué tontería la mía, la de haber terminado este libro, incapaz de ninguna otra cosa, deseando como nada en la vida saber como es posible que haya otras existencias aparte de la mía, que otros destinos, otras dudas,  otros cuerpos , otros lenguajes, puedan ser tan distintos, tan estremecedores, tan amados, tan bellamente odiados. 

Qué estupidez haber perdido el hilo de los informativos y confiarme a una historia cuya verdad solo decidiré en mi olvido o en mi memoria

Qué extraños instantes estos, en que la lectura nos deja, la sensación de una vida y un mundo que no es nuestra vida ni nuestro mundo

Qué pérdida de tiempo la lectura

Qué mala suerte haber pasado tanto tiempo con una historia que jamás sucedió y que nunca sucederá

Qué torpeza haber leído, tanto para nada, porque sí.

Qué buena suerte la mía" (5)





(ilustración, que agradezco mucho, y me acompañó en varios proyectos, perteneciente a Alejandra Karageorgiu)


¡Muchas gracias!

A los que pasaron o se pasan por aquí.

Nos seguimos leyendo

En cualquier lugar del mundo.


(1)Buscar indicios construir sentido. Graciela Montes. Babel Editorial.
(2)Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural. Michéle Petit. Fondo de 
Cultura Económica
(3)Aproximación a la narrativa y a la poesía para niños. Los pasos descalzos. María Cristina Ramos. Lugar Editorial.
(4)La lectura otra revolución. María Teresa Andruetto. Fondo de Cultura Económica.
(5) La inútil lectura. Carlos Skliar. Waldhuter Editores.

martes, 9 de julio de 2019

Feria del Libro Infantil y Juvenil 2019. Un encuentro a la medida.



Comienza l
a feria del Libro Infantil y Juvenil, un clásico en Buenos Aires,  que llega para las vacaciones de invierno.


Hace un tiempo atrás se realizaba en el predio junto a la Facultad de Derecho. Luego de que este lugar cerrara por refacciones, comenzó a realizarse en más de una sede (en algunos años en Tecnópolis, por ejemplo). Por cuarto año consecutivo la sede será el CCK, y se sumará una en la cercana ciudad de La Plata

Sedes, fechas y horarios

CCK (ex Correo Central)
Sarmiento 151, Ciudad de Buenos Aires.

Fecha: 13 de julio al 4 de agosto de 2019.
Horarios: Lunes 15 al viernes 19 de julio de 9 a 18h. El resto de los días de 12 a 20 h.

Centro Cultural Pasaje Dardo Rocha
6 entre 49 y 50, Ciudad de La Plata.


Fecha: 19 de julio al 4 de agosto de 2019.
Horario. Viernes 19 de julio de 9 a 19 h. El resto de los días de 12 a 20 h.


Esta feria tiene el tamaño justo para recorrer sin cansarse. Más pequeña, los stand tienen muchísimo menos espacio (lo cual tiene su contra también),mantiene el encanto del encuentro más cercano. Se puede ir un día cualquiera y encontrarse con sus escritores favoritos, caminando por los pasillos, no hay necesidad de hacer una cola inmensa para entrar, y se puede recorrer sin cansarse. Mi sensación es que todo está al alcance de la mano, los libros, las lecturas, los autores.


Como en la feria grande, habrá actividades de Cuentacuentos, Talleres de Ciencias (el famoso Melquíades entre ellos), Juegos para chicos y actividades variadas en las que puede participar toda la familia, libres y gratuitas (un paseo más que recomendado). Es en esta feria donde también se realiza la actividad "Los chicos cuentan a los chicos", en donde niños y adolescentes se inician como cuentacuentos, pero aún no encontré información sobre la misma.

Lo que si encontré es una nota de Infobae en donde cuenta, que este año  llegará "la Exposición de Ilustradores de la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Bologna 2019, que por primera vez se verá en Sudamérica". Una verdadera novedad.  Bologna aún está muy lejos para varios de los que quisiéramos conocerla,  pero todos los años resulta un faro de la ilustración desde donde surgen tendencias y nuevos autores. Poder tenerla más cerca nos llena de ilusión.

El sitio donde se realiza, la ex sede del Correo Central, tiene una cuota de nostalgia, del tiempo en donde nos enviábamos cartas en papel. 

Al entrar, nos reciben,  los enormes mostradores de madera oscura, donde se ubicaban en otra época los tinteros. 


Para mí suena de fondo la canción de María Elena Walsh:

 "Veo, veo, veo, vuelan estampillas por el correo
mariposas son, que de noche duermen en el buzón" .

Hay varias actividades imperdibles que solo se realizan en esta feria. Una de ellas es las Jornadas para Docentes y Mediadores

Les dejo por acá los datos de la inscripción, a un costo de 250 pesos. Incluye Charlas de Especialistas y la imperdible Travesía acompañada por los especialistas. Un recorrido por las novedades editoriales en torno a una temática


El programa de este encuentro, es muy sustancioso:

Lema: “Los libros en escena. Resistencia y protagonismo”

Jueves 25 de julio

09:00 a 10:00-Acreditación
10:00 a 10:15 - Palabras de bienvenida
Betina Cositorto (Presidenta del Comité Organizador de la Feria del Libro
Infantil y Juvenil)
10:15 a 11:15 – Conferencia de apertura
Algunos escenarios acerca del libro y la lectura hoy
Leandro de Sagastizábal
Presenta: Betina Cositorto
11:30 a 13:00 – Foro- De la idea al libro, del libro al lector. Cultura y
Mercado.
Alejandra Alliende, Mónica Boretto, Daniel Divinski
Coordina: Cecilia Repetti
13:00 a 14:00 -Receso

En este primer día tenemos la experiencia como editor de Daniel Divinsky, (Ediciones de la Flor, la misma que continúa editando a Quino y a Fontanarrosa, entre otros grandes autores locales). Junto a él estará Alejandra Alliende, narradora oral, storyteller, actriz y docente, integrante del grupo Casa Cuna Cuenteros, con muchísima experiencia en la mediación entre libros y lectores, y Mónica Boretto, abogada y especialista en los Derechos de Autor.


Por la tarde Carolina Tosi, Dra en Lingüistica. especialista en análisis del discurso, Profesora y Licenciada en Letras, escritora, y docente de la carrera de Edición, tendrá una charla junto a Griselda Gálmez, sobre los géneros editoriales. Más que interesante.

14:00 a 15:15 – Charla

Géneros editoriales con destinatario infantil
Carolina Tosi
Presenta: Griselda Gálmez


15:15 a 15:30- Sorteo de libros


15:30 a 20:00 - Tiempo libre para recorrer los stands de la Feria



Viernes 26 de julio

El viernes estará la Gran Travesía, un recorrido de la mano de especialistas por los stand de la Feria, para reconocer las novedades editoriales, y conversar, libro en mano, de las distintas temáticas que nos interesan. Para mí es lo mejor que tiene la Feria, porque aparte de resultar un aprendizaje, permite conocer gente de diversos espacios con los mismos intereses. En años anteriores participé del recorrido de poesía, de Libro Álbum, de libros sobre Teoría Literaria, y hasta en una ocasió me permitieron estar del otro lado guiando el recorrido de poesía junto a Lilia García Bazterra.

Este año se suma la ESI, un temática que me parecía muy necesaria, y que propuse al final de la recorrida del año pasado. No con una finalidad instrumental (esto es los libros para...hablar de estereotipos, o diversidad sexual, sino que en mi experiencia he visto que a los adolescentes abrir un libro les permite abrirse a conversar de aquello que nos pasa)



Acá el año pasado en el inicio de la Travesía con Claudia Cadenazzo y Nadia Menotti. A medida que íbamos recorriendo stand especializados en Libros álbum e ilustrado, nos iban mostrando toda la diversidad que podíamos encontrar. Muy enriquecedora fue la experiencia de Nadia como autora integral para conocer un poco más del tema.
9:00 a 9:30 - Apertura de la Gran Travesía

Coordinan: Margarita Angeletti y María del Carmen Ventieri


9:30 a 10:00 - Formación de grupos de trabajo- Unificación de criterios


10:00 a 12:00- Recorrido- Cada grupo estará acompañado por un/a guía,
conocedor/a de libros para niños y jóvenes.
Guías: especialistas a confirmar


Grupos temáticos (con elección previa al momento de la inscripción,sujeta a cupo disponible). 


01.-Libro álbum
02.-Mitos, leyendas y pueblos originarios
03.-Poesía
04.-Teoría sobre Lit. Infantil y Juvenil y Promoción de la Lectura
05.- Historieta y novela gráfica
06.-Teatro y Títeres
07.-Libros informativos y de divulgación (Ecología, Cs. Sociales y Cs.
Naturales)
08.-Libros transgresores o inquietantes
09.-Narrativa Juvenil (cuento, novelas, sagas)
10.-Libros para la Primera Infancia (bebés hasta 3 años)
11.-Novela infantil
12.-Educación Sexual Integral (ESI)


12:00 a 13:30- Puesta en común y conclusiones de los trabajos grupales
Los integrantes de cada grupo participarán de un breve intercambio sobre la
experiencia realizada. Luego, un vocero compartirá las conclusiones con el
resto de los asistentes.
Coordinan: Margarita Angeletti y María del Carmen Ventieri


13:30 a 14:30 – Receso


Para continuar con el tema de Educación Sexual Integral, muy presente en todos los niveles educativos, Gabriela Larralde e Hilda Santos hablarán en esta mesa, junto al querido Mario Méndez

14:30 a 16:00 – Foro 2
La Educación Sexual Integral en el Libro Infantil y Juvenil
Gabriela Larralde, Hilda Santos
Coordina: Mario Méndez





Gabriela escribió un libro sobre Literatura y ESI que ya recomendé en este blog

16:00 a 16:15- Cierre con sorteo de libros


Durante la feria también se realiza la entrega de los prestigiosos Premios Pregoneros, y en la primera semana (del 15 al 19 de julio) hay visitas guiadas para escuelas que pueden reservar aquí.

Y lo principal, el encuentro con libros para todas las edades, de recorrer novedades de las editoriales locales y extranjeras que siempre recomendamos...y de comprar (¿quizás con descuento?) con vistas al día del niño (o a mí cumpleaños, ¿por qué no?). 

Un encuentro con amigos, y con esta obra de arte de Le Parc que siempre me fascina




Actualización...
Después de publicada la entrada, se confirmaron unas Jornadas para Profesionales de Libro con diversas actividades a las que pueden inscribirse aquí
Entre otras cosas el lunes habrá un encuentro sobre Edición, cuyo cupo me parece que ya está cerrado.
El viernes estará el encuentro de Bibliotecas Escolares y Pedagógicas. 
Ambos encuentros son para mí muy novedosos en la Feria, y han despertado muchísimo interés.

Nos vemos por ahí entonces...

domingo, 30 de junio de 2019

Leyendo 2019: 24 Señales para reconocer a un alien



Autora: Juliana Muñoz Toro
Ilustraciones: Elizabeth Builes Carmona
Editorial: Tragaluz


Libro bellísimo que me llegó este año, de la mano de una recomendación de mi amiga Barbi Couto.


" Dentro de papá vive un alien pequeñito que lo controla. Por eso hace cosas que no me gustan.Por eso se comporta como si fuera de otro planeta. Le grita a mamá y a mi casi no me habla. Da órdenes cuando llega del trabajo. Tiene hambre todo el tiempo...Su plan es conquistar el mundo y debe empezar con nosotros" 

Benjamin (Ben) es un niño que nos cuenta como intenta descubrir mediante señales cotidianas que su papá ya no es su papá. Que un extraterrestre le tomó el corazón y lo domina.

La autora logra con maestría contar esta historia construida de inocencia y asombro. Juliana periodista y bogotana, decidió dedicarse a la ficción. Este su primer libro, y resultó ganador del premio Tragaluz, y fue seleccionado en la lista The White Ravenns.

Es impecable, y se nota que fue resultado de un largo trabajo de escritura. Cuidado en cada detalle. Desde el índice en donde nos enumera, estas 24 señales que le sirven para descubrir a ese alien, o antes, en el prólogo donde nos anuncia que se va a tomar algunas libertades al escribir, "pienso que a veces es divertido romper un poco las reglas para que el lector esté más cerca de las ideas extraterrestres que alguien tiene en la cabeza cuando escribe un libro."





Capítulo a capítulo, escuchamos una voz infantil que nos va contando lo que ocurre puertas adentro de esa casa. En donde la mamá, usa peluca, y siempre está nerviosa, y el papá se comporta como si una alien lo habitara.

"Con su cabeza de balón de fútbol mamá se parece más a un extraterrestre que papá. Pero solo por fuera. Se le cae el pelo porque papá la debilita con su energía de alien. O los dos son marcianos y me adoptaron cuando llegaron a este planeta."

Una historia que encierra violencia y también soledad. 

"Cuando no andan poniéndome sobrenombres estúpidos o cuando no tengo que comer granadilla de onces, los recreos son lo mejor de ir a la escuela. A veces deseo no volver a ir, así como hizo papá cuando tenía mi edad. Él sí quería estudiar, pero no podía. Eso me dijo un día, Benajmín, deje de quejarse, usted o sabe lo que es que su padre o vuelvva a la casa en meses y que le toque dejar los estudios para ir a trabajar en un bar organizando sillas y limpiando el piso y poder llevarle comida a los hermanos menores."

Juliana nos lo cuenta sin agobio . Gestando personajes que tienen sus altas y sus bajas, sus grises, como todos. Con la inocencia infantil y con toques de humor. Como con esa gallina Pascuala que se cree gato. 

A mí me resultó revelador, angustiante y divertido. Todo al mismo tiempo.

La historia se repite, como vemos cuando Ben habla con su padre, de su abuelo...

"Pascuala se sube a la mesa y me picotea suavecito la cabeza, como si buscara piojos. Yo le acaricio la cresta ¿Por eso lo odiabas papá? Él casi nunca estaba, no lo conocía bien para decir que lo odiaba. ¿Lo extrañabas? Al principio sí porque era mi padre, pero de niño siempre pensé que era un extraterrestre"


Según cuenta la autora, la referencia al padre-alien, apareció de la imagen de "Men in black" (Hombres de negro). La película con Will Smith, donde el alienígena pequeñito aparece en la cabeza del joyero...y le permitió  hablar de esos comportamientos " raros" con naturalidad. 

Los personajes tienen carnadura propia, nos parece conocerlos muy bien. Nos hablan de Colombia, de este sitio tan cercano y tan lejano, a la vez. Se tratan de usted, (algo que es muy común aún entre padres e hijos, y a mí, me sorprendió muchísimo), comen "granadilla de onces" en lo que sería la merienda escolar para nosotros, (la granadilla es una fruta deliciosa desconocida para nosotros,  que Ben no disfruta nada, la descripción que hace de ella les permitirá conocerla). 

La ilustración también aporta inocencia, liviandad y los tonos cálidos y grises...siguen la trama



La edición es fabulosa. Tapa dura. El papel. La tipografía. Los detalles de las guardas y las hojas en blanco...para anotar "tus señales"

No es un libro para niños pequeños. Lo recomiendo para niños grandes. Y para cualquiera que no sea un niño/niña. Me recordó a "Son Tumikes"...otro libro que reseñé por acá, escrito por Sebastián Vargas, y que trata de aliens. Otro libro bellísimo que recomiendo lean los niños con sus padres.

viernes, 31 de mayo de 2019

"Nacer a la lectura y más..." La sección de entrevistas en el blog

En estos casi cuatro años del blog, esta sección fue creciendo. 

Decidí repasarla, ahora, a punto de alcanzar la veintena.

Antes de pensar siquiera en tener un blog, esta sección era parte de un sueño.

Indagar sobre los inicios lectores, sobre sus lecturas, sobre sus medios y sus mediadores. Conocer a aquellos que les acercaron por primera vez los cuentos y las historias, a aquellas personas que, me acercan a mí. los cuentos y las historias. 

Saber como llegaron a las palabras, porque en muchos casos fue la palabra...el relato oral de la abuela, o el abuelo. Las historias que se contaban o se cantaban.

No todos empezaron leyendo desde pequeños, algunos como Ana Garralón (con quien me sentí identificada) comenzaron en la adolescencia.

Saber que libros acompañan su tiempo libre, sus días, muchas veces se convirtió en un faro...que iluminó mis propias elecciones.

Mi curiosidad, provocó que algunos de los entrevistados, o de las entrevistadas, se sintiera muy movilizado. Sé de algunas que fueron a rastrear sus primeros libros, hasta las bibliotecas familiares, que discurrieron por los caminos de la memoria y me agradecieron ese recuerdo. Algunas entrevistas resultaron muy emotivas de leer...porque no solo vinieron acompañadas de lecturas, sino que vinieron cargadas de las personas queridas que les acercaron esas primeras historias.

Y es por eso que lo llamé..."Nacer a la lectura y más..." 

Por un lado porque la lectura es siempre para mí el comienzo a otras cosas, y por otro porque sabemos que hay muchas maneras de leer.

Antes de retomar esta sección a la que siempre vuelvo (aunque muy despacio, porque cada entrevista me lleva mucho tiempo, algunas más que otras), les dejo la lista de esta gente querida.

Hay una gran variedad, como me gusta. Poetas, ilustradoras,  narradoras, escritores,  periodistas, gestores de la cultura, editoras (gente que es "varias" ). De distintos puntos de Argentina, de España, que viven en Miami, o en Córdoba,  que a veces aún, no conozco en persona . 

Empecé el 13 de agosto del 2015 con Iris Rivera...y fueron sucediendo más...la última en participar en enero de este año, fue la querida Mercedes Calvo. 





Les agradezco a cada una, a cada uno, tomarse el tiempo de contestarme y de algún modo, estar.

Hay al menos diez más que esperan ser incluidas, me falta quizás tiempo (y valor) para continuar. (al final una imagen como adelanto). Siempre siento una gran responsabilidad. Buscar imágenes, respetar las palabras, hacer una presentación adecuada.

Y mientras las releía, una a una, y les acomodaba el formato, veía que algunas de las frases me resonaban...sobre leer, sobre la lectura, sobre los libros...


"Antes de poder leer palabras escritas en mi casa me dieron a leer palabras de aire" Iris Rivera

"La lectura fue mi refugio (ya no lo es del mismo modo, ahora hay múltiples soportes que brindan información, entretenimiento, etc). Además... la gente oyente recibe información casi sin darse cuenta, la TV, la radio, lo que habla la gente en la calle, una conferencia, los profesores, etc y más etc. Yo era una niña que iba perdiendo la audición progresivamente, pero todo estaba en los libros. Todo." Verónica Sukaczer

"...Mi papá fue el mago de mis vuelos. Mi mamá, la maestra de mis andanzas en la tierra firme." Olga Drennen

"Yo siento que me expando cuando leo, incluso cuando leo algo que considero de poco interés, siempre me deja algo nuevo. Me ayuda a construir mis preguntas clave, aunque pocas veces encuentre respuestas. También leer algo bien escrito me produce un intenso placer estético." Silvia Portorrico

"La lectura me ha ayudado en mi cabalgadura por la vida. Me ha señalado caminos a seguir, me revelado ciertos aspectos de la naturaleza humana, me ha permitido acercarme a mi propio ser. Ha curado heridas y provocado alegrías. En fin, la lectura ha contribuido decisivamente a que yo sea la persona que soy." Sergio Andricaín.

"Me gusta leer en las azoteas, en los jardines, en los parques, pero sobre todo me gusta el lugar siempre cambiante en el que ocurre la historia de cada libro. " Jorge Luján

"Los recuerdos que tengo de mi inicio lector es a mi madre cantándome y contándome quien le cantaba esa canción. Mi mamá desde siempre tenía una voz mágica que lo inundaba todo así que escucharla cantar, era leer con los oídos." Flor Canales Bastida

"De alguna manera sí, mis libros son mis tesoros, es como si entre sus páginas se hubieran quedado impregnados recuerdos de mí misma. Saco cualquiera de ellos de la biblioteca y con solo sentirlos al tacto me vuelven imágenes y recuerdos de quién o cómo era yo cuando los leí... Y además tienen la capacidad mágica de seguir impregnando recuerdos, hay libros que ahora tienen prendidos recuerdos de mis hijas entre sus páginas, envejecen conmigo y acariciarlos es como hacerle un mimo a mi historia lectora." Barbi Couto

"Mi inicio lector es una voz que cantaba. Aquella maestra de párvulos, mi madre sentada en la mecedora contándome un cuento. Las historias de mi tío bajo las estrellas .Recuerdo algunas canciones, algunos cuentos, algunos juegos. Esas fueron las primeras piedritas que conformaron mi amor por el mundo de los deseos, porque leer es desear, claro, y eso comienza mucho antes de saber leer. Antes del libro comienza con la voz y con el cuerpo." Mar Benegas

"...en algún momento, el libro; ese objeto prácticamente inexistente se convirtió en una especie de identidad, en un lugar donde no estaba nadie más que yo, que marcaba una clara ruptura con lo que me rodeaba." Ana Garralón

"La lectura nunca fue un hábito para mí; los libros me “asaltaban” desde niña, en cualquier momento y lugar, y yo sucumbía a ellos." Mercedes Calvo

"También recuerdo aquel día en que jugábamos a las escondidas y corriendo subí las escaleras para esconderme. Sobre una cama estaba “Peter Pan”, se lo acababan de regalar a mi hermano para el cumpleaños, me tenté y lo agarré. Sentada en el piso y apoyada mi espalda en la cama lo leí todo. Me hice la sorda cuando me buscaban." Ángeles Durini

"Lo que más me atraía de los libros infantiles eran las imágenes, me sumergía en ellas para habitar otros paisajes." Nerina Canzi 

¿Qué es para vos la lectura? "Viajar en el tiempo y en el espacio; pensar otras vidas posibles (e imposibles); JUGAR y jugar peligrosamente (ser otros); ser dueña (de la historia: seguirla o suspenderla cuando quiera; de las palabras: hacerlas resonar de mil maneras)." Liliana Bonel

Acá todas juntas, para que ustedes también indaguen sobre las lecturas...

Iris Rivera 
Verónica Suckaczer 
Olga Drennen 
Sergio Andricaín
Jorge Luján
Mario Méndez
Silvia Portorrico
Barbi Couto
Virginia Piñón
Nerina Canzi
Ana Garralón
Mar Benegas
Ángeles Durini
Flor Canales Bastidas
Liliana Bonel
Tinkuy Encuentro con Libros (Gloria Claro, Ariel Marcel, Daniela Azulay, Rocío Gil)
Márgara Averbach
Mercedes Calvo